¡Que vienen los rusos!

José Juan Infante Moreno 08-04-2015 - Fútbol

  • La UD Melilla recibió en un amistoso en el Álvarez Claro a la URSS

  • El encuentro se disputó el 23 de febrero de 1982

Cedida

Aquella noche del miércoles 23 de febrero de 1982, quedó grabada con letras de oro en los anales de la historia del deporte melillense, en general, y del fútbol, en particular. La selección de la URSS aterrizaba en nuestra ciudad para disputar un partido amistoso, preparatorio de cara a su participación en la Copa Mundial de Fútbol durante el verano de 1982 en España, contra el equipo más representativo de esta localidad, la Unión Deportiva Melilla.

El tiempo transcurrido me ha hecho olvidar de quién partió la idea, ni siquiera recordar qué entidad fue la encargada de organizar el evento -su búsqueda en Internet ha resultado infructuosa-, pero lo que sí tengo muy  claro es que el acontecimiento traspasó el aspecto meramente deportivo para adentrarse en terrenos sociales y políticos. La posibilidad de ver en vivo a la selección de un país de la coalición oriental comunista, contemplado todavía  por algunos sectores de la sociedad desde el prisma demoníaco del Apocalipsis heredado de las rancias ideas del caduco régimen franquista, y en plena guerra fría con el bloque occidental capitalista, creó una extraña miscelánea de curiosidad, morbo y atracción no sólo en la afición melillista, sino también en aquellos que no pudieron asistir al partido o decidieron no hacerlo.

Para la afición fue un recuerdo imborrable. La oportunidad de ver las acciones y movimientos tácticos de los futbolistas soviéticos sobre el pobre césped -por no decir casi inexistente en aquella época- del vetusto estadio “Álvarez Claro”, resultó todo un deleite para una hinchada acostumbrada a ver, domingo tras domingo, equipos de mediocre y dudosa calidad que conformaban el grupo noveno de la tercera división del fútbol español.

Para las arcas del club, una generosa inyección económica. Contaban las crónicas de la prensa escrita que se recaudó en taquilla más de un millón de las antiguas pesetas. Importante cantidad que vino a calmar, en parte, la paupérrima economía de un club que, aun siendo modesto, necesitaba de este aporte monetario para afrontar sus deudas.

Para los jugadores locales, muchos de ellos semiprofesionales –o amateurs compensados, como se les llamaba entonces-, fue un sueño convertido en realidad. Enfrentarse a una de las selecciones más reconocidas y laureadas del continente europeo, además de ser considerada como seria candidata a llevarse a sus vitrinas la Copa Mundial de la FIFA 1982 –anteriormente denominado Trofeo Jules Rimet- supuso un reto, un escaparate en el que darse a conocer, el inicio de un salto cualitativo para aspirar al fichaje por un equipo de superior categoría, en definitiva, una oportunidad única que no se podía desaprovechar. 

Para los jugadores de la CCCP, supongo, representó un simple trámite que cumplir. Pasar unas cuantas horas en una bonita, pero desconocida ciudad, vestirse de corto, dar unas cuantas patadas al cuero, dominar a su antojo las marionetas azulinas –camisola de la U.D. Melilla- y regresar al día siguiente a la Costa del Sol para continuar con la concentración y preparación mundialista. Un  minúsculo punto en su amplio universo futbolístico.

Y para el que suscribe, la huella del tiempo ha hecho mella en los recuerdos. Una especie de negativo semivelado y ajado por el paso de los años. La llegada al estadio, el olor a linimento del vestuario, el masaje previo, el eterno ritual para ponerse la indumentaria, el calentamiento, el sonido de los tacos de aluminio sobre el suelo de cemento, la salida al terreno de juego, los nervios, .... la emoción contenida.

Yo comencé el partido en el banquillo. Ambiente de fiesta en las gradas. Mi compañeros, sobre el resbaladizo terreno de juego y en una noche fría, se las ingeniaban, una y otra vez, para salir airosos del envite soviético. Con más corazón y pundonor que juego, conseguían aguantar el tipo. A pesar del gol tempranero (min. 5), conseguido por Andreev tras rematar impecablemente de cabeza un saque de esquina, lograban frenar las constantes acometidas rojas e incluso poner en apuros, en más de una ocasión, al meta rival.

Con esa ventaja mínima se llegó al descanso. Fue en ese preciso instante cuando un haz de luz cruzó frente a mis ojos al oír a mi entrenador, Pedro Botello, las palabras mágicas: - ¡Calienta, que sales en la segunda parte!

Más mariposas en el estómago y quince minutos que parecieron segundos. Ahí estaba yo, ocupando la posición de lateral izquierdo. Pero los soviéticos salieron dispuestos a demostrar su superioridad e impusieron un punto más en su juego de toque y desborde. Perfectas triangulaciones, milimétricos cambios de juego, disparos desde todas posiciones y posturas y mucha velocidad. Todo lo hacían a una velocidad de vértigo.  Aun así los goles no llegaban.

Y fue en uno de los pocos contraataques que tuvimos la oportunidad de ejecutar cuando Hernández, fichado por el equipo aprovechando su estancia en Melilla para cumplir el servicio militar, se sacó de la manga un potente derechazo que alcanzó inexorablemente la red de la portería soviética (min. 65). Delirio en las gradas. Un gran gol para una afición entregada con el equipo.

Los soviéticos apretaron el acelerador. Pusieron un punto más en su excelsa y potente sala de máquinas. Con el juego que los caracterizó durante tantos años y conocedores de su dominio tanto físico como técnico, tensaron aún más la cuerda. Recuerdo que fueron momentos de pánico escénico. De arrastre sobre el terreno de juego persiguiendo piernas y camisetas rojas. De asistir atónito a toda una lección de extraordinario fútbol.

En sólo seis minutos consiguieron dos goles más –Oganessian (min. 67) y Gavrilov (min. 73)- que, a la postre, fue el resultado final. Un honroso marcador para un equipo de tercera división frente al todo poderoso gigante soviético.

El final del último acto significó para mí la apoteosis completa. En aquel año, yo terminaba mis estudios de Magisterio y para conseguir fondos destinados a la financiación del viaje de fin de carrera, la comisión de alumnos/as encargada de coordinar y promover las iniciativas necesarias destinadas a tal fin, tuvo la genial y ocurrente idea, aprovechando que yo formaba parte de la plantilla melillista, de que me hiciera con un balón para que fuera firmado por todos los componentes de la selección soviética y, con posterioridad, se rifara. La venta de papeletas para participar en el sorteo resultó todo un éxito.

Jamás olvidaré la experiencia de entrar, junto con un compañero de clase, en el vestuario soviético, mirarles uno a uno a la cara y solicitarles con gestos, más o menos entendibles, que estamparan su firma en el balón. Ni tampoco olvidaré aquella noche en la que los rusos vinieron a nuestra ciudad a jugar un partido de fútbol. Y yo tuve la gran fortuna de vivirlo.

Cedida

José Juan Infante

ALGUNOS DATOS DE INTERÉS

ALINEACIONES

SELECCIÓN URSS: Tchanov, Borovski, Tchivaze, Susloparov, Demianenko, Oganessian, Shengelia, Bal, Gavrilov, Bouriak y Andreev.

Jugaron en el segundo período: Baltacha y Kiriani.

No jugaron, argumentando estar lesionados, Blokhin y Dasaev.

UNIÓN DEPORTIVA MELILLA: Corral, Barreiro, Mohamed, Andújar, Filgueira, Alba, Abselam, Koscis, Ventaja, Zabalza y Mimon.

Jugaron en el segundo tiempo: Infante, Aragonés, Rivera, Marro y Hernández.

Actuaron como capitanes: Tchivaze y Ventaja.

Árbitro: Alfonso Pérez Cabeza del colegio melillense (2º división)

Estadio: “Álvarez Claro”

Espectadores: 9.000 aprox.

Cedida

¡Que vienen los rusos!

  • La UD Melilla recibió en un amistoso en el Álvarez Claro a la URSS

  • El encuentro se disputó el 23 de febrero de 1982

Aquella noche del miércoles 23 de febrero de 1982, quedó grabada con letras de oro en los anales de la historia del deporte melillense, en general, y del fútbol, en particular. La selección de la URSS aterrizaba en nuestra ciudad para disputar un partido amistoso, preparatorio de cara a su participación en la Copa Mundial de Fútbol durante el verano de 1982 en España, contra el equipo más representativo de esta localidad, la Unión Deportiva Melilla.

El tiempo transcurrido me ha hecho olvidar de quién partió la idea, ni siquiera recordar qué entidad fue la encargada de organizar el evento -su búsqueda en Internet ha resultado infructuosa-, pero lo que sí tengo muy  claro es que el acontecimiento traspasó el aspecto meramente deportivo para adentrarse en terrenos sociales y políticos. La posibilidad de ver en vivo a la selección de un país de la coalición oriental comunista, contemplado todavía  por algunos sectores de la sociedad desde el prisma demoníaco del Apocalipsis heredado de las rancias ideas del caduco régimen franquista, y en plena guerra fría con el bloque occidental capitalista, creó una extraña miscelánea de curiosidad, morbo y atracción no sólo en la afición melillista, sino también en aquellos que no pudieron asistir al partido o decidieron no hacerlo.

Para la afición fue un recuerdo imborrable. La oportunidad de ver las acciones y movimientos tácticos de los futbolistas soviéticos sobre el pobre césped -por no decir casi inexistente en aquella época- del vetusto estadio “Álvarez Claro”, resultó todo un deleite para una hinchada acostumbrada a ver, domingo tras domingo, equipos de mediocre y dudosa calidad que conformaban el grupo noveno de la tercera división del fútbol español.

Para las arcas del club, una generosa inyección económica. Contaban las crónicas de la prensa escrita que se recaudó en taquilla más de un millón de las antiguas pesetas. Importante cantidad que vino a calmar, en parte, la paupérrima economía de un club que, aun siendo modesto, necesitaba de este aporte monetario para afrontar sus deudas.

Para los jugadores locales, muchos de ellos semiprofesionales –o amateurs compensados, como se les llamaba entonces-, fue un sueño convertido en realidad. Enfrentarse a una de las selecciones más reconocidas y laureadas del continente europeo, además de ser considerada como seria candidata a llevarse a sus vitrinas la Copa Mundial de la FIFA 1982 –anteriormente denominado Trofeo Jules Rimet- supuso un reto, un escaparate en el que darse a conocer, el inicio de un salto cualitativo para aspirar al fichaje por un equipo de superior categoría, en definitiva, una oportunidad única que no se podía desaprovechar. 

Para los jugadores de la CCCP, supongo, representó un simple trámite que cumplir. Pasar unas cuantas horas en una bonita, pero desconocida ciudad, vestirse de corto, dar unas cuantas patadas al cuero, dominar a su antojo las marionetas azulinas –camisola de la U.D. Melilla- y regresar al día siguiente a la Costa del Sol para continuar con la concentración y preparación mundialista. Un  minúsculo punto en su amplio universo futbolístico.

Y para el que suscribe, la huella del tiempo ha hecho mella en los recuerdos. Una especie de negativo semivelado y ajado por el paso de los años. La llegada al estadio, el olor a linimento del vestuario, el masaje previo, el eterno ritual para ponerse la indumentaria, el calentamiento, el sonido de los tacos de aluminio sobre el suelo de cemento, la salida al terreno de juego, los nervios, .... la emoción contenida.

Yo comencé el partido en el banquillo. Ambiente de fiesta en las gradas. Mi compañeros, sobre el resbaladizo terreno de juego y en una noche fría, se las ingeniaban, una y otra vez, para salir airosos del envite soviético. Con más corazón y pundonor que juego, conseguían aguantar el tipo. A pesar del gol tempranero (min. 5), conseguido por Andreev tras rematar impecablemente de cabeza un saque de esquina, lograban frenar las constantes acometidas rojas e incluso poner en apuros, en más de una ocasión, al meta rival.

Con esa ventaja mínima se llegó al descanso. Fue en ese preciso instante cuando un haz de luz cruzó frente a mis ojos al oír a mi entrenador, Pedro Botello, las palabras mágicas: - ¡Calienta, que sales en la segunda parte!

Más mariposas en el estómago y quince minutos que parecieron segundos. Ahí estaba yo, ocupando la posición de lateral izquierdo. Pero los soviéticos salieron dispuestos a demostrar su superioridad e impusieron un punto más en su juego de toque y desborde. Perfectas triangulaciones, milimétricos cambios de juego, disparos desde todas posiciones y posturas y mucha velocidad. Todo lo hacían a una velocidad de vértigo.  Aun así los goles no llegaban.

Y fue en uno de los pocos contraataques que tuvimos la oportunidad de ejecutar cuando Hernández, fichado por el equipo aprovechando su estancia en Melilla para cumplir el servicio militar, se sacó de la manga un potente derechazo que alcanzó inexorablemente la red de la portería soviética (min. 65). Delirio en las gradas. Un gran gol para una afición entregada con el equipo.

Los soviéticos apretaron el acelerador. Pusieron un punto más en su excelsa y potente sala de máquinas. Con el juego que los caracterizó durante tantos años y conocedores de su dominio tanto físico como técnico, tensaron aún más la cuerda. Recuerdo que fueron momentos de pánico escénico. De arrastre sobre el terreno de juego persiguiendo piernas y camisetas rojas. De asistir atónito a toda una lección de extraordinario fútbol.

En sólo seis minutos consiguieron dos goles más –Oganessian (min. 67) y Gavrilov (min. 73)- que, a la postre, fue el resultado final. Un honroso marcador para un equipo de tercera división frente al todo poderoso gigante soviético.

El final del último acto significó para mí la apoteosis completa. En aquel año, yo terminaba mis estudios de Magisterio y para conseguir fondos destinados a la financiación del viaje de fin de carrera, la comisión de alumnos/as encargada de coordinar y promover las iniciativas necesarias destinadas a tal fin, tuvo la genial y ocurrente idea, aprovechando que yo formaba parte de la plantilla melillista, de que me hiciera con un balón para que fuera firmado por todos los componentes de la selección soviética y, con posterioridad, se rifara. La venta de papeletas para participar en el sorteo resultó todo un éxito.

Jamás olvidaré la experiencia de entrar, junto con un compañero de clase, en el vestuario soviético, mirarles uno a uno a la cara y solicitarles con gestos, más o menos entendibles, que estamparan su firma en el balón. Ni tampoco olvidaré aquella noche en la que los rusos vinieron a nuestra ciudad a jugar un partido de fútbol. Y yo tuve la gran fortuna de vivirlo.

Cedida

José Juan Infante

ALGUNOS DATOS DE INTERÉS

ALINEACIONES

SELECCIÓN URSS: Tchanov, Borovski, Tchivaze, Susloparov, Demianenko, Oganessian, Shengelia, Bal, Gavrilov, Bouriak y Andreev.

Jugaron en el segundo período: Baltacha y Kiriani.

No jugaron, argumentando estar lesionados, Blokhin y Dasaev.

UNIÓN DEPORTIVA MELILLA: Corral, Barreiro, Mohamed, Andújar, Filgueira, Alba, Abselam, Koscis, Ventaja, Zabalza y Mimon.

Jugaron en el segundo tiempo: Infante, Aragonés, Rivera, Marro y Hernández.

Actuaron como capitanes: Tchivaze y Ventaja.

Árbitro: Alfonso Pérez Cabeza del colegio melillense (2º división)

Estadio: “Álvarez Claro”

Espectadores: 9.000 aprox.