El indescifrable mundo del fútbol Juan Moya

El equipo y las relaciones personales

13-11-2018

  • La actividad del futbolista puede definirse como una relación humana permanente

En el fútbol, como deporte de grupo, las relaciones interpersonales que se establecen entre sus jugadores, tanto formales como informales, influyen decisivamente en el rendimiento del equipo.

Todos sabemos que tarde o temprano los problemas surgen, lo importante es saber evitarlos o superarlos. Si no se evitan o esquivan, siempre alteran e incluso aplastan.

La actividad del futbolista puede definirse como una relación humana permanente. Los jugadores de un mismo equipo deben estar hermanados, unidos, ser camaradas y fraternizar en todo. La unión de cerebros y fuerza,  trabajando sin perjuicios por un fin común, es el mayor multiplicador de energía que puede existir.

Desgraciadamente esto no siempre es así, pues la misma competencia que existe entre ellos por ser titulares lo impide. Además, están los problemas lógicos en la relación entre las personas: envidias, antipatías, manías, celos...

Aquellos que no han tenido la oportunidad de dirigir algún grupo profesional o semiprofesional de fútbol no pueden imaginar, ni por asomo, los problemas que se pueden originar entre los jugadores de un mismo equipo. En ocasiones existe tanta antipatía por el “compañero-enemigo” que se prefiere perder la posesión del balón antes de pasárselo.

Normalmente en todos los clubes suelen formarse de inicio cuatro grupos: el de las figuras consagradas, el de los veteranos con varios años en el equipo, el de las nuevas incorporaciones y el de los canteranos, que no suelen estrechar relaciones inicialmente con nadie por cortedad.

En esta profesión, en numerosas ocasiones permitimos entrar en el grupo, y por ende en el vestuario, a jugadores chismosos, envidiosos, egocéntricos, o autoritarios. En resumidas cuentas, personas equivocadas que permanentemente intoxican a espaldas de todos, evaluando lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no decimos y no hacemos. Siempre ven lo que pasa en el ojo ajeno, pero se olvidan de ver lo que tienen en el propio.

Bernardo Stamateas, en su libro “Gente Tóxica”, comentaba: “La excelencia y el triunfo siempre trae envidia. Nadie envidia a un miserable o a un mendigo. Si eres una persona de éxito, siempre te perseguirán porque la envidia es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitarte lo que has logrado, y  tratará de echar por tierra todo lo que has conseguido a través de la persecución abierta, de la descalificación o de la calumnia. La envidia no vive sola, sino que convive con la crítica, la murmuración, el chisme, y siempre intentará buscar aliados para envenenarlos”.

Manejar todo esto y los egos de 25 jugadores en un vestuario profesional es una labor que te hace perder parte de tu autoestima. A veces tienes que tomar decisiones en el momento justo por muy dolorosas que estas sean.

El entrenador no es solo el líder en un equipo, también es el guardián del estado de ánimo del grupo y un escudo para impedir interferencias tóxicas, ese famoso entorno difícil de controlar y que a veces se infiltra en las tripas de un equipo.

Pero no hay que confundir equipo con grupo, lo difícil es saber distinguir ambas cosas. Hay que tener muy claro que no es lo mismo trabajar en equipo que pertenecer a un grupo.  Aquí es donde suele haber confusiones. Un trabajo en equipo impone e implica remar y dirigirnos hacia un mismo objetivo sin necesidad de ser amigos. En un grupo, es posible la amistad para salir del día a día, sin necesidad de ir hacia una meta, simplemente estar bien.

El entrenador debe tener muy presente que cada hombre es diferente y que la moral de los jugadores es a veces delicadísima, reaccionando casi siempre de manera muy diversa. No debe ignorar que, si son suplentes o están fuera de las convocatorias, se encuentran malhumorados, irritados y tienen -o creen tener- muchos problemas: lesiones, incomprensión, relación difícil con la familia...

Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos encontrado con personas problemáticas (fefes, amigos, familiares, vecinos...). En todo grupo humano, ¿quién no se ha enfrentado con un manipulador egocéntrico, con un fefe autoritario, con un amigo envidioso o con un vecino chismoso?

Más allá del dolor que nos pudieran generan este tipo de personas, lo que tenemos que preguntarnos quienes tengamos que convivir con ellos es: ¿Qué hago?, ¿cómo puedo lograr que esta gente no intoxique mi círculo afectivo?, ¿cómo pongo limite a este problema que se me presenta sin lastimar ni lastimarme a mí mismo?, ¿qué es mejor enfrentarse y dividir o aprovecharse y multiplicarse?

Conseguir la integración de todos no es solo una labor exclusiva del entrenador.

El entrenador debe ayudarse de los líderes formales (capitanes) y/o líderes informales del vestuario (por ejemplo, jugadores con mucho peso dentro del equipo, jugadores con especial carisma...).

Hay que tener en cuenta que un equipo está integrado por personas muy diferentes entre sí. Por eso es importante conocer bien a todos y poder anticiparse a posibles comportamientos que dificulten la integración de todos.

Pese a las lógicas discrepancias, si existe un entrenador que conoce los entresijos del fútbol, tiene cierta psicología, es buen comunicador, observador,  motivador y líder, estos grupos no crearán demasiados problemas, y la convivencia será pacífica y sosegada.

En resumen, es obvio decir que las fisuras en las relaciones interpersonales pueden dar al traste con el rendimiento deportivo, por lo que resulta de suma importancia el trabajo dirigido a la cohesión grupal, por medio de ejercicios prácticos de dinámica de grupo.

Es importante pararse aquí para contar la importancia del equipo en lo sucedido durante la temporada 1991-92. La U. D. Melilla se encontraba penúltima en la clasificación general a falta de 5 jornadas por disputar. La junta directiva, presidida entonces por Diego Bernal, decidió cesar a Alvarito y propuso a Paco Montoya como primer entrenador para llevarlo. Paco le dijo al presidente que quería contar conmigo y me llamó para ayudarle. No lo dude ni un momento e hicimos un tándem. 

No teníamos tiempo y necesitábamos ganar todos los partidos. Había que trabajar el estado emocional y anímico con terapia de grupo, y en lo deportivo nuestro plan de juego consistía en cerrar líneas en torno a nuestra portería para no recibir goles e intentar marcar.

No era la táctica ni los sistemas la alternativa que nos quedaba. Eran los jugadores como equipo, su estado de ánimo, su voluntad de vencer, su espíritu de lucha, su generosidad, su solidaridad y remar en una sola dirección. Tenían que poner sus talentos, sus energías y todas las cualidades que poseían al servicio del equipo, sin mirarse a sí mismos. Teníamos que convencer a los jugadores de que aquella era la única solución al problema que se nos planteaba, la única opción que nos quedaba, y no podíamos fallar.

Recuerdo que un redactor deportivo de la ciudad nos preguntó que pensábamos hacer para conseguir el milagro y a mí se me ocurrió contestarle “darles pastillitas de fe”.

Paco Montoya y yo teníamos fe en que lograríamos la proeza, y fuimos capaces de llegar a los jugadores, que creyeron en nosotros y en el mensaje que les transmitíamos.

Ganamos los 5 partidos por el resultado de 1-0. Conseguimos salvar la categoría y mantenernos un año más en 2ª B. Pero lo más importante fue que sacamos la conclusión de que “con un equipo unido, si se quiere, se puede”.

El equipo y las relaciones personales

  • La actividad del futbolista puede definirse como una relación humana permanente

En el fútbol, como deporte de grupo, las relaciones interpersonales que se establecen entre sus jugadores, tanto formales como informales, influyen decisivamente en el rendimiento del equipo.

Todos sabemos que tarde o temprano los problemas surgen, lo importante es saber evitarlos o superarlos. Si no se evitan o esquivan, siempre alteran e incluso aplastan.

La actividad del futbolista puede definirse como una relación humana permanente. Los jugadores de un mismo equipo deben estar hermanados, unidos, ser camaradas y fraternizar en todo. La unión de cerebros y fuerza,  trabajando sin perjuicios por un fin común, es el mayor multiplicador de energía que puede existir.

Desgraciadamente esto no siempre es así, pues la misma competencia que existe entre ellos por ser titulares lo impide. Además, están los problemas lógicos en la relación entre las personas: envidias, antipatías, manías, celos...

Aquellos que no han tenido la oportunidad de dirigir algún grupo profesional o semiprofesional de fútbol no pueden imaginar, ni por asomo, los problemas que se pueden originar entre los jugadores de un mismo equipo. En ocasiones existe tanta antipatía por el “compañero-enemigo” que se prefiere perder la posesión del balón antes de pasárselo.

Normalmente en todos los clubes suelen formarse de inicio cuatro grupos: el de las figuras consagradas, el de los veteranos con varios años en el equipo, el de las nuevas incorporaciones y el de los canteranos, que no suelen estrechar relaciones inicialmente con nadie por cortedad.

En esta profesión, en numerosas ocasiones permitimos entrar en el grupo, y por ende en el vestuario, a jugadores chismosos, envidiosos, egocéntricos, o autoritarios. En resumidas cuentas, personas equivocadas que permanentemente intoxican a espaldas de todos, evaluando lo que decimos y lo que hacemos, o lo que no decimos y no hacemos. Siempre ven lo que pasa en el ojo ajeno, pero se olvidan de ver lo que tienen en el propio.

Bernardo Stamateas, en su libro “Gente Tóxica”, comentaba: “La excelencia y el triunfo siempre trae envidia. Nadie envidia a un miserable o a un mendigo. Si eres una persona de éxito, siempre te perseguirán porque la envidia es un sentimiento destructivo de alguien que pretende quitarte lo que has logrado, y  tratará de echar por tierra todo lo que has conseguido a través de la persecución abierta, de la descalificación o de la calumnia. La envidia no vive sola, sino que convive con la crítica, la murmuración, el chisme, y siempre intentará buscar aliados para envenenarlos”.

Manejar todo esto y los egos de 25 jugadores en un vestuario profesional es una labor que te hace perder parte de tu autoestima. A veces tienes que tomar decisiones en el momento justo por muy dolorosas que estas sean.

El entrenador no es solo el líder en un equipo, también es el guardián del estado de ánimo del grupo y un escudo para impedir interferencias tóxicas, ese famoso entorno difícil de controlar y que a veces se infiltra en las tripas de un equipo.

Pero no hay que confundir equipo con grupo, lo difícil es saber distinguir ambas cosas. Hay que tener muy claro que no es lo mismo trabajar en equipo que pertenecer a un grupo.  Aquí es donde suele haber confusiones. Un trabajo en equipo impone e implica remar y dirigirnos hacia un mismo objetivo sin necesidad de ser amigos. En un grupo, es posible la amistad para salir del día a día, sin necesidad de ir hacia una meta, simplemente estar bien.

El entrenador debe tener muy presente que cada hombre es diferente y que la moral de los jugadores es a veces delicadísima, reaccionando casi siempre de manera muy diversa. No debe ignorar que, si son suplentes o están fuera de las convocatorias, se encuentran malhumorados, irritados y tienen -o creen tener- muchos problemas: lesiones, incomprensión, relación difícil con la familia...

Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos encontrado con personas problemáticas (fefes, amigos, familiares, vecinos...). En todo grupo humano, ¿quién no se ha enfrentado con un manipulador egocéntrico, con un fefe autoritario, con un amigo envidioso o con un vecino chismoso?

Más allá del dolor que nos pudieran generan este tipo de personas, lo que tenemos que preguntarnos quienes tengamos que convivir con ellos es: ¿Qué hago?, ¿cómo puedo lograr que esta gente no intoxique mi círculo afectivo?, ¿cómo pongo limite a este problema que se me presenta sin lastimar ni lastimarme a mí mismo?, ¿qué es mejor enfrentarse y dividir o aprovecharse y multiplicarse?

Conseguir la integración de todos no es solo una labor exclusiva del entrenador.

El entrenador debe ayudarse de los líderes formales (capitanes) y/o líderes informales del vestuario (por ejemplo, jugadores con mucho peso dentro del equipo, jugadores con especial carisma...).

Hay que tener en cuenta que un equipo está integrado por personas muy diferentes entre sí. Por eso es importante conocer bien a todos y poder anticiparse a posibles comportamientos que dificulten la integración de todos.

Pese a las lógicas discrepancias, si existe un entrenador que conoce los entresijos del fútbol, tiene cierta psicología, es buen comunicador, observador,  motivador y líder, estos grupos no crearán demasiados problemas, y la convivencia será pacífica y sosegada.

En resumen, es obvio decir que las fisuras en las relaciones interpersonales pueden dar al traste con el rendimiento deportivo, por lo que resulta de suma importancia el trabajo dirigido a la cohesión grupal, por medio de ejercicios prácticos de dinámica de grupo.

Es importante pararse aquí para contar la importancia del equipo en lo sucedido durante la temporada 1991-92. La U. D. Melilla se encontraba penúltima en la clasificación general a falta de 5 jornadas por disputar. La junta directiva, presidida entonces por Diego Bernal, decidió cesar a Alvarito y propuso a Paco Montoya como primer entrenador para llevarlo. Paco le dijo al presidente que quería contar conmigo y me llamó para ayudarle. No lo dude ni un momento e hicimos un tándem. 

No teníamos tiempo y necesitábamos ganar todos los partidos. Había que trabajar el estado emocional y anímico con terapia de grupo, y en lo deportivo nuestro plan de juego consistía en cerrar líneas en torno a nuestra portería para no recibir goles e intentar marcar.

No era la táctica ni los sistemas la alternativa que nos quedaba. Eran los jugadores como equipo, su estado de ánimo, su voluntad de vencer, su espíritu de lucha, su generosidad, su solidaridad y remar en una sola dirección. Tenían que poner sus talentos, sus energías y todas las cualidades que poseían al servicio del equipo, sin mirarse a sí mismos. Teníamos que convencer a los jugadores de que aquella era la única solución al problema que se nos planteaba, la única opción que nos quedaba, y no podíamos fallar.

Recuerdo que un redactor deportivo de la ciudad nos preguntó que pensábamos hacer para conseguir el milagro y a mí se me ocurrió contestarle “darles pastillitas de fe”.

Paco Montoya y yo teníamos fe en que lograríamos la proeza, y fuimos capaces de llegar a los jugadores, que creyeron en nosotros y en el mensaje que les transmitíamos.

Ganamos los 5 partidos por el resultado de 1-0. Conseguimos salvar la categoría y mantenernos un año más en 2ª B. Pero lo más importante fue que sacamos la conclusión de que “con un equipo unido, si se quiere, se puede”.