El indescifrable mundo del fútbol Juan Moya

El futbolista, ¿nace o se hace?

02-10-2018

  • "Para ser realmente bueno en una actividad, hay que nacer para ello"

Muchas son las opiniones sobre el tema, pero la solución es tan evidente que merece la pena echar un vistazo sobre la cuestión para alejar posibles errores del concepto de si el futbolista NACE o, por el contrario, SE HACE.

Recuerdo que durante la temporada 1993-94, siendo entrenador del equipo juvenil de Primera División Nacional del Club Deportivo Gimnasio Iglesias, se organizaba por primera vez en Melilla un campeonato de fútbol sala en categoría “Aguiluchos” entre niños de entre 6 y 7 años, y me fui a ver a nuestros pequeños.

En aquel equipo había un chico que era la primera vez que lo veía jugar, tenía 6 añitos y era diferente a los demás. Cuando todos corrían detrás del balón, él se separaba buscando tiempo y espacio para recibir y pensar que hacer con él. Cuando sus compañeros abandonaban sus puestos para ir al ataque, él sistemáticamente ocupaba el sitio para equilibrar al equipo. Con el balón en los pies siempre jugaba pronto y bien.

Me quede perplejo percibiendo todo lo que hacía. No había visto una cosa igual en un niño tan pequeño y no pude evitar hacer un comentario a José Luis Torrecilla, que venía conmigo: “Ese niño es diferente a los demás, tiene un don, hace cosas que no son normales a su edad”. Un matrimonio que se encontraba cerca de nosotros, al escucharme, dijeron “es nuestro hijo”, y yo les contesté “pues deberíais darle muchos petitsuis porque vuestro chico llegará a ser jugador de futbol, tiene un don natural”.

Ese niño era Jorge Barroso y fue el primer melillense en enfundarse la camiseta de la Selección Nacional Española de Fútbol Sala y jugar en uno de los mejores equipos de la Liga Nacional de nuestro país, ElPozo Murcia.  

¿Cómo podríamos tratar de educar a un percherón para hacer carreras o, rizando el rizo, intentar modificar un modesto Citroën “Dos Caballos” para hacerlo competir en un gran premio de fórmula uno? Sería un dislate; ni el percherón es un caballo de carreras, ni mucho menos el modesto Citroën un automóvil de competición, por más que tratáramos de aumentarle la cilindrada.

Y no hay vuelta de hoja. La historia cotidiana no hace más que corroborar, una y mil veces, la aseveración de que para ser realmente BUENO en alguna actividad, hay que NACER para ello.

Hace ya bastante tiempo, cayó en mis manos un libro de futbol titulado “De la base a la cúspide”, del que es autor Laureano Ruiz, al que tuve el gran privilegio de tener como profesor en la Escuela Catalana de Fútbol.

En él, el que llegara a ser el entrenador del F. C. Barcelona y director de La Masía, se opone a todos los que opinan que el futbolista no nace, sino que todo depende de la constancia en el aprendizaje. Y para ilustrar esta afirmación, cuenta una anécdota en torno a una conversación entre varios socios del club azulgrana que giraba, ¿cómo no?, alrededor del controvertido tema de quien había sido mejor futbolista: Kubala o Suárez (único jugador español de la historia en conseguir el Balón de Oro).

Las opiniones estaban divididas, hasta que uno de los “kubalistas” intervino para decir: “Dejando a un lado quien ha sido mejor, lo que está claro es que a Suárez lo hizo jugador Kubala con sus consejos, lecciones y demostraciones”. Pero un partidario del gallego Suárez –sigue relatando la anécdota del libro-, respondió con rapidez: “Entonces, ¿por qué no hizo Kubala lo mismo con sus hijos, a quienes entrenaba, preparaba y adiestraba diariamente, y a pesar de ello nunca pasaron de ser futbolistas mediocres?”.

Esta discusión, llevada inteligentemente a las páginas del libro al que aludo, no hace más que reforzar mi tesis al respecto, ya que un entrenador capacitado puede modelar y corregir al futuro jugador, incluso potenciar al máximo todas sus posibilidades, pero dudo que haya alguien capaz de fabricar a un futbolista, si no existen cualidades innatas en él.

Pues bien, a pesar de lo dulce que suena la alabanza de un compañero cuando te dice: “Que buen jugador hiciste de fulano”, no tengo menos que contestar que “mal entrenador será aquel que, en tantos años de actividad, solo es capaz de haber sacado unos pocos jugadores verdaderamente buenos”.

Compañero de fatigas, estás en un grave error si te parece que “has hecho a ese futbolista o a aquel otro”. Tú, como cualquiera de nosotros, mejor o peor, habrás podido mejorar sus cualidades físicas y técnicas a base de trabajo, constancia y dedicación; le habrás enseñado a competir y comportarse en un campo de futbol y fuera de él, pero difícilmente habrás podido fabricar un jugador. Hace falta un don natural, hace falta NACER.

Claro que tampoco basta con que a uno le hayan parido buen jugador, y aquí es donde empieza la labor fundamental de todo entrenador. A ese virtuoso, a ese jovencito que demuestra desde la cuna un talento innato, hay que ofrecerle conceptos y elementos que le ayuden a seguir creciendo; hay que hacer que se despierte en ellos generosidad y sensibilidad para que pueda entender que, todo lo que hace, es para mejorar, para ir superándose día a día y alcanzar al fin la meta que augura su magnífico pedigrí.

Y es la experiencia del entrenador la que le dará seguridad y tranquilidad para no cometer errores.

El futbolista, ¿nace o se hace?

  • "Para ser realmente bueno en una actividad, hay que nacer para ello"

Muchas son las opiniones sobre el tema, pero la solución es tan evidente que merece la pena echar un vistazo sobre la cuestión para alejar posibles errores del concepto de si el futbolista NACE o, por el contrario, SE HACE.

Recuerdo que durante la temporada 1993-94, siendo entrenador del equipo juvenil de Primera División Nacional del Club Deportivo Gimnasio Iglesias, se organizaba por primera vez en Melilla un campeonato de fútbol sala en categoría “Aguiluchos” entre niños de entre 6 y 7 años, y me fui a ver a nuestros pequeños.

En aquel equipo había un chico que era la primera vez que lo veía jugar, tenía 6 añitos y era diferente a los demás. Cuando todos corrían detrás del balón, él se separaba buscando tiempo y espacio para recibir y pensar que hacer con él. Cuando sus compañeros abandonaban sus puestos para ir al ataque, él sistemáticamente ocupaba el sitio para equilibrar al equipo. Con el balón en los pies siempre jugaba pronto y bien.

Me quede perplejo percibiendo todo lo que hacía. No había visto una cosa igual en un niño tan pequeño y no pude evitar hacer un comentario a José Luis Torrecilla, que venía conmigo: “Ese niño es diferente a los demás, tiene un don, hace cosas que no son normales a su edad”. Un matrimonio que se encontraba cerca de nosotros, al escucharme, dijeron “es nuestro hijo”, y yo les contesté “pues deberíais darle muchos petitsuis porque vuestro chico llegará a ser jugador de futbol, tiene un don natural”.

Ese niño era Jorge Barroso y fue el primer melillense en enfundarse la camiseta de la Selección Nacional Española de Fútbol Sala y jugar en uno de los mejores equipos de la Liga Nacional de nuestro país, ElPozo Murcia.  

¿Cómo podríamos tratar de educar a un percherón para hacer carreras o, rizando el rizo, intentar modificar un modesto Citroën “Dos Caballos” para hacerlo competir en un gran premio de fórmula uno? Sería un dislate; ni el percherón es un caballo de carreras, ni mucho menos el modesto Citroën un automóvil de competición, por más que tratáramos de aumentarle la cilindrada.

Y no hay vuelta de hoja. La historia cotidiana no hace más que corroborar, una y mil veces, la aseveración de que para ser realmente BUENO en alguna actividad, hay que NACER para ello.

Hace ya bastante tiempo, cayó en mis manos un libro de futbol titulado “De la base a la cúspide”, del que es autor Laureano Ruiz, al que tuve el gran privilegio de tener como profesor en la Escuela Catalana de Fútbol.

En él, el que llegara a ser el entrenador del F. C. Barcelona y director de La Masía, se opone a todos los que opinan que el futbolista no nace, sino que todo depende de la constancia en el aprendizaje. Y para ilustrar esta afirmación, cuenta una anécdota en torno a una conversación entre varios socios del club azulgrana que giraba, ¿cómo no?, alrededor del controvertido tema de quien había sido mejor futbolista: Kubala o Suárez (único jugador español de la historia en conseguir el Balón de Oro).

Las opiniones estaban divididas, hasta que uno de los “kubalistas” intervino para decir: “Dejando a un lado quien ha sido mejor, lo que está claro es que a Suárez lo hizo jugador Kubala con sus consejos, lecciones y demostraciones”. Pero un partidario del gallego Suárez –sigue relatando la anécdota del libro-, respondió con rapidez: “Entonces, ¿por qué no hizo Kubala lo mismo con sus hijos, a quienes entrenaba, preparaba y adiestraba diariamente, y a pesar de ello nunca pasaron de ser futbolistas mediocres?”.

Esta discusión, llevada inteligentemente a las páginas del libro al que aludo, no hace más que reforzar mi tesis al respecto, ya que un entrenador capacitado puede modelar y corregir al futuro jugador, incluso potenciar al máximo todas sus posibilidades, pero dudo que haya alguien capaz de fabricar a un futbolista, si no existen cualidades innatas en él.

Pues bien, a pesar de lo dulce que suena la alabanza de un compañero cuando te dice: “Que buen jugador hiciste de fulano”, no tengo menos que contestar que “mal entrenador será aquel que, en tantos años de actividad, solo es capaz de haber sacado unos pocos jugadores verdaderamente buenos”.

Compañero de fatigas, estás en un grave error si te parece que “has hecho a ese futbolista o a aquel otro”. Tú, como cualquiera de nosotros, mejor o peor, habrás podido mejorar sus cualidades físicas y técnicas a base de trabajo, constancia y dedicación; le habrás enseñado a competir y comportarse en un campo de futbol y fuera de él, pero difícilmente habrás podido fabricar un jugador. Hace falta un don natural, hace falta NACER.

Claro que tampoco basta con que a uno le hayan parido buen jugador, y aquí es donde empieza la labor fundamental de todo entrenador. A ese virtuoso, a ese jovencito que demuestra desde la cuna un talento innato, hay que ofrecerle conceptos y elementos que le ayuden a seguir creciendo; hay que hacer que se despierte en ellos generosidad y sensibilidad para que pueda entender que, todo lo que hace, es para mejorar, para ir superándose día a día y alcanzar al fin la meta que augura su magnífico pedigrí.

Y es la experiencia del entrenador la que le dará seguridad y tranquilidad para no cometer errores.