El indescifrable mundo del fútbol Juan Moya

El fútbol como medio para educar en valores

26-09-2018

  • Está bien buscar la victoria, pero no deben sentirte perdedores si han puesto su máximo esfuerzo

Como algunas personas vinculadas al mundo del fútbol de la ciudad saben, soy profesor de la Escuela de Entrenadores desde hace más de tres décadas. Es muy común entre los futuros técnicos, cuando entran por primera vez a clase, hacer la misma pregunta. “¿Qué es más complicado, entrenar en la base a jóvenes o hacerlo con jugadores profesionales?” Siempre les contesto que “es diferente pero igual de bonito, todo es futbol. Lo importante es la pasión y la sensibilidad que se transmita por este deporte, pero lo más importante es la formación que obtengáis durante el desarrollo de los cursos, ya que os servirá para desafiar cualquier reto que se os presente y darle algo de sentido común a este indescifrable mundo del fútbol”.

Sin duda, el deporte en las bases es muy complejo: “La formación del joven jugador es como preparar un viaje, antes de partir debemos conocer el camino”. Sobra decir que en categorías inferiores, por falta de economía de los clubes, no se cuenta con un organigrama como en los equipos profesionales: médico, fisioterapeuta, masajista, preparador físico, entrenador de porteros, psicólogo...

La ausencia de todos estos profesionales y las innumerables y diferentes situaciones a las que debes enfrentarte (jugadores, padres, directivos, árbitros, equipo...) son mucho más complejas. Todo ello te exigirá más como educador y entrenador, y te obligará a tener que hacer de todo, y eso requiere saber de todo.

 Evidentemente en este periodo de iniciación no sería posible una enseñanza que no eduque en valores. Siempre he creído en el respeto y en los valores, cosas que me enseñaron de niño y que les enseñé a mis hijos y a todos los jóvenes con los que trabajé en las bases.

Era consciente de que eso que preservaba no siempre me iba a llevar al éxito, pero cuando lograba conseguirlo, me sabía mejor que cualquier victoria. Yo, al menos, no pondría a mis hijos en manos de alguien que no supiera, cuanto menos, inculcarles los más mínimos valores.

Todos sabemos que los primeros pasos de un niño fuera de la familia, disfrutando de gran autonomía, se dan cuando llega por primera vez al colegio o la guardería. Es allí donde comienzan nuevas relaciones y responsabilidades, en las cuales el niño no contempla la figura de los padres.

Pues bien, es precisamente aquí, en el contexto escolar, donde comienzan a fomentarse los valores individuales y sociales del niño a través de la enseñanza y de la educación física como parte de ella (afán de superación, integración, respeto a las personas, tolerancia, aceptación de normas, perseverancia, autodisciplina, lealtad, cooperación, espíritu de sacrificio...).

El segundo paso en esa adquisición de valores es el deporte, bien como actividad extraescolar o como competición reglada. Las circunstancias y elementos no se distancian mucho del colegio: un adulto instructor o entrenador, compañeros siguiendo un mismo objetivo, retos y responsabilidades compartidas.

Pero ¡¡ojo!!, aquí, a diferencia del colegio, ya deja de jugar disfrutando de un clima lúdico, e intervienen otros factores en un contexto más social: los padres, los entrenadores, los clubes, las federaciones, los medios de comunicación...

En este segundo paso de la formación, donde entramos los entrenadores, el grave problema con el que nos encontramos es el de no darnos cuenta de que el deporte tiene una finalidad como juego, que es ganar, pero que, si se pone como único fin, estamos perdidos porque la competición deportiva se convierte en un campo difícil, al buscar derrotar al otro como sea.

Sin embargo, si lo vemos como un medio para seguir mejorando, en caso de perder, no pasa absolutamente nada, porque esa derrota nos va a llevar a reconocer nuestros fallos para seguir mejorando. Si se enfoca de esta manera, estamos hablando ya de valores: humildad, espíritu de superación, esfuerzo, respeto…

Este es el entrenador o educador que cualquier padre quisiera para sus hijos, el que se forma, que tiene cariño por los niños, que disfruta de su trabajo y que sabe de la responsabilidad que tiene en sus manos. Cobra poco o nada, pero disfruta y hace disfrutar que, para mí, en el trabajo de iniciación es la clave, y de estos afortunadamente hay muchos.

Pero también hay que decir que desgraciadamente algunos de los niños que practican este deporte están dirigidos por “entrenadores” resultadistas y egoístas que priorizan los resultados inmediatos y pierden de vista el objetivo principal, que es la formación integral del niño.

No miran que todos tienen que participar: los menos buenos, los altos, bajos, gorditos, niños y niñas con problemas físicos, psíquicos o sensoriales. No se dan cuenta de que los protagonistas no son ellos, sino los niños y no asumen el hecho de que el entrenador de base es un formador de futbolistas y no un constructor de equipo.

Por otro lado, algunos padres no ayudan en este proceso educativo y además con ciertas actitudes terminan a veces con la sensibilidad de sus hijos por un deporte en concreto. Tampoco entienden que los protagonistas son sus hijos y no ellos.

En este sentido lo que tendríamos que preguntarnos sería lo siguiente: ¿Es el futbol una herramienta interesante para conseguir valores?

Evidentemente yo diría que, a pesar de todo, por supuesto que sí. Es más, creo que es un medio educativo extraordinario para la formación integral del niño.

Pero no sería honrado con este artículo si no dijera que, a veces, cuando me acerco a los campos de futbol a ver partidos entre equipos alevines, benjamines e infantiles, tengo el presentimiento de que hasta que educadores, entrenadores, padres, clubes y Federación no establezcan situaciones favorables para el desarrollo de estos valores, el futbol en nuestra ciudad puede adquirir valores negativos o contravalores.

Decálogo sobre los derechos del niño respecto al juego, de Horst Wein, que no deberíamos olvidar nunca los entrenadores:

“Tienen derecho a jugar por jugar (buena forma de aprender).

Tienen derecho a disfrutar aprendiendo (jugando y entrenando).

Tienen derecho a que se le exija como a un niño, no como a un adulto (tanto fuera como dentro del campo).

Tienen derecho a ser entrenados por personas expertas y a ser tratados con dignidad.

Tienen derecho a aprender jugando y fallando como un niño (no pasa nada).

Tienen derecho a jugar en campos reducidos y con número de jugadores limitados y a participar en campos que se adapten a sus características y reglas que respeten tus capacidades.

Tienen derecho a aprender a tomar decisiones asumiendo ellos mismos la posibilidad de acertar o fallar.

Tienen derecho a equivocarse y a aprender de sus propios errores y a no tener un altavoz (aunque sea su padre) diciéndoles lo que debe y no debe de hacer dentro del campo.

Tienen derecho a ser ellos los protagonistas, y no nosotros.

Tienen derecho a que le enseñen a jugar, no a ganar”.

No le obsesiones por ganar, ganar es solo una posibilidad no una obligación. Está bien buscar la victoria, pero no deben sentirte perdedores si han puesto su máximo esfuerzo.

El fútbol como medio para educar en valores

  • Está bien buscar la victoria, pero no deben sentirte perdedores si han puesto su máximo esfuerzo

Como algunas personas vinculadas al mundo del fútbol de la ciudad saben, soy profesor de la Escuela de Entrenadores desde hace más de tres décadas. Es muy común entre los futuros técnicos, cuando entran por primera vez a clase, hacer la misma pregunta. “¿Qué es más complicado, entrenar en la base a jóvenes o hacerlo con jugadores profesionales?” Siempre les contesto que “es diferente pero igual de bonito, todo es futbol. Lo importante es la pasión y la sensibilidad que se transmita por este deporte, pero lo más importante es la formación que obtengáis durante el desarrollo de los cursos, ya que os servirá para desafiar cualquier reto que se os presente y darle algo de sentido común a este indescifrable mundo del fútbol”.

Sin duda, el deporte en las bases es muy complejo: “La formación del joven jugador es como preparar un viaje, antes de partir debemos conocer el camino”. Sobra decir que en categorías inferiores, por falta de economía de los clubes, no se cuenta con un organigrama como en los equipos profesionales: médico, fisioterapeuta, masajista, preparador físico, entrenador de porteros, psicólogo...

La ausencia de todos estos profesionales y las innumerables y diferentes situaciones a las que debes enfrentarte (jugadores, padres, directivos, árbitros, equipo...) son mucho más complejas. Todo ello te exigirá más como educador y entrenador, y te obligará a tener que hacer de todo, y eso requiere saber de todo.

 Evidentemente en este periodo de iniciación no sería posible una enseñanza que no eduque en valores. Siempre he creído en el respeto y en los valores, cosas que me enseñaron de niño y que les enseñé a mis hijos y a todos los jóvenes con los que trabajé en las bases.

Era consciente de que eso que preservaba no siempre me iba a llevar al éxito, pero cuando lograba conseguirlo, me sabía mejor que cualquier victoria. Yo, al menos, no pondría a mis hijos en manos de alguien que no supiera, cuanto menos, inculcarles los más mínimos valores.

Todos sabemos que los primeros pasos de un niño fuera de la familia, disfrutando de gran autonomía, se dan cuando llega por primera vez al colegio o la guardería. Es allí donde comienzan nuevas relaciones y responsabilidades, en las cuales el niño no contempla la figura de los padres.

Pues bien, es precisamente aquí, en el contexto escolar, donde comienzan a fomentarse los valores individuales y sociales del niño a través de la enseñanza y de la educación física como parte de ella (afán de superación, integración, respeto a las personas, tolerancia, aceptación de normas, perseverancia, autodisciplina, lealtad, cooperación, espíritu de sacrificio...).

El segundo paso en esa adquisición de valores es el deporte, bien como actividad extraescolar o como competición reglada. Las circunstancias y elementos no se distancian mucho del colegio: un adulto instructor o entrenador, compañeros siguiendo un mismo objetivo, retos y responsabilidades compartidas.

Pero ¡¡ojo!!, aquí, a diferencia del colegio, ya deja de jugar disfrutando de un clima lúdico, e intervienen otros factores en un contexto más social: los padres, los entrenadores, los clubes, las federaciones, los medios de comunicación...

En este segundo paso de la formación, donde entramos los entrenadores, el grave problema con el que nos encontramos es el de no darnos cuenta de que el deporte tiene una finalidad como juego, que es ganar, pero que, si se pone como único fin, estamos perdidos porque la competición deportiva se convierte en un campo difícil, al buscar derrotar al otro como sea.

Sin embargo, si lo vemos como un medio para seguir mejorando, en caso de perder, no pasa absolutamente nada, porque esa derrota nos va a llevar a reconocer nuestros fallos para seguir mejorando. Si se enfoca de esta manera, estamos hablando ya de valores: humildad, espíritu de superación, esfuerzo, respeto…

Este es el entrenador o educador que cualquier padre quisiera para sus hijos, el que se forma, que tiene cariño por los niños, que disfruta de su trabajo y que sabe de la responsabilidad que tiene en sus manos. Cobra poco o nada, pero disfruta y hace disfrutar que, para mí, en el trabajo de iniciación es la clave, y de estos afortunadamente hay muchos.

Pero también hay que decir que desgraciadamente algunos de los niños que practican este deporte están dirigidos por “entrenadores” resultadistas y egoístas que priorizan los resultados inmediatos y pierden de vista el objetivo principal, que es la formación integral del niño.

No miran que todos tienen que participar: los menos buenos, los altos, bajos, gorditos, niños y niñas con problemas físicos, psíquicos o sensoriales. No se dan cuenta de que los protagonistas no son ellos, sino los niños y no asumen el hecho de que el entrenador de base es un formador de futbolistas y no un constructor de equipo.

Por otro lado, algunos padres no ayudan en este proceso educativo y además con ciertas actitudes terminan a veces con la sensibilidad de sus hijos por un deporte en concreto. Tampoco entienden que los protagonistas son sus hijos y no ellos.

En este sentido lo que tendríamos que preguntarnos sería lo siguiente: ¿Es el futbol una herramienta interesante para conseguir valores?

Evidentemente yo diría que, a pesar de todo, por supuesto que sí. Es más, creo que es un medio educativo extraordinario para la formación integral del niño.

Pero no sería honrado con este artículo si no dijera que, a veces, cuando me acerco a los campos de futbol a ver partidos entre equipos alevines, benjamines e infantiles, tengo el presentimiento de que hasta que educadores, entrenadores, padres, clubes y Federación no establezcan situaciones favorables para el desarrollo de estos valores, el futbol en nuestra ciudad puede adquirir valores negativos o contravalores.

Decálogo sobre los derechos del niño respecto al juego, de Horst Wein, que no deberíamos olvidar nunca los entrenadores:

“Tienen derecho a jugar por jugar (buena forma de aprender).

Tienen derecho a disfrutar aprendiendo (jugando y entrenando).

Tienen derecho a que se le exija como a un niño, no como a un adulto (tanto fuera como dentro del campo).

Tienen derecho a ser entrenados por personas expertas y a ser tratados con dignidad.

Tienen derecho a aprender jugando y fallando como un niño (no pasa nada).

Tienen derecho a jugar en campos reducidos y con número de jugadores limitados y a participar en campos que se adapten a sus características y reglas que respeten tus capacidades.

Tienen derecho a aprender a tomar decisiones asumiendo ellos mismos la posibilidad de acertar o fallar.

Tienen derecho a equivocarse y a aprender de sus propios errores y a no tener un altavoz (aunque sea su padre) diciéndoles lo que debe y no debe de hacer dentro del campo.

Tienen derecho a ser ellos los protagonistas, y no nosotros.

Tienen derecho a que le enseñen a jugar, no a ganar”.

No le obsesiones por ganar, ganar es solo una posibilidad no una obligación. Está bien buscar la victoria, pero no deben sentirte perdedores si han puesto su máximo esfuerzo.